Juan José
Casillas Franco
Sólo vienes a respirar…
La historia de cómo el cáncer cambio mi vida
Solo vienes a respirar es una historia íntima y valiente sobre el momento en que la vida se detiene y todo cobra un nuevo sentido. A través de su experiencia con el cáncer, el autor nos guía por el miedo, la incertidumbre y el dolor, pero también por el despertar interior que surge en medio de la adversidad.
Más que una enfermedad, este libro revela un punto de quiebre que transforma la forma de ver, sentir y vivir cada instante. Es un viaje de aceptación, aprendizaje y esperanza, donde cada respiro se convierte en un recordatorio de lo esencial: estar vivo. Un testimonio que invita a replantear prioridades y encontrar luz incluso en los momentos más oscuros.
© 2021
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Juan José Casillas Franco
Juan José Casillas Franco es un escritor que encontró en la adversidad una nueva
forma de vivir y de contar su historia. Tras enfrentar el cáncer, transformó el dolor
en aprendizaje y la incertidumbre en propósito. Solo vienes a respirar nace como
un testimonio honesto de resiliencia, donde cada página refleja su proceso de
cambio, crecimiento y redescubrimiento. Hoy comparte su historia con la intención
de inspirar a otros a valorar la vida, incluso en los momentos más difíciles.
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Sólo vienes a respirar…
Solo vienes a respirar es una historia íntima y valiente sobre el momento en que la vida se detiene y todo cobra un nuevo sentido. A través de su experiencia con el cáncer, el autor nos guía por el miedo, la incertidumbre y el dolor, pero también por el despertar interior que surge en medio de la adversidad.
Más que una enfermedad, este libro revela un punto de quiebre que transforma la forma de ver, sentir y vivir cada instante. Es un viaje de aceptación, aprendizaje y esperanza, donde cada respiro se convierte en un recordatorio de lo esencial: estar vivo. Un testimonio que invita a replantear prioridades y encontrar luz incluso en los momentos más oscuros.
Sólo vienes a respirar…
Capítulo 1
RESPIRAR PARA SOBREVIVIR
1. La primera vez que casi no respiro
Fue a principios de los ochenta cuando todo comenzó. Transcurría el año 1982, para ser
exactos, en un pequeño pueblo de Jalisco llamado Juanacatlán. El lugar: el centro de
salud de la población, donde los vidrios opacos y los marcos mal pintados hacían relucir
su antigüedad. En la entrada de la recepción, del lado izquierdo, siempre había una
enfermera de guardia para cualquier emergencia que pudiera surgir en el pueblo; en esa
ocasión la emergencia estaba relacionada con el inicio de mi vida.
Al atravesar la recepción de la clínica de salud —me describió mi madre—, se
podía encontrar el consultorio general del doctor de guardia que atendía a las personas.
Adentro estaba el escritorio del médico con un par de sillas; del lado derecho, la camilla
en donde mi madre se debatía entre la vida y la muerte, con la cara fruncida por el dolor
intenso debido a las contracciones y por el procedimiento de un parto natural de un bebé
de gran tamaño. Me relató que la enfermera —llamada como ella: Lupita— estaba
apurada por desatorar mi enorme cabeza, que no podía salir.
Mi madre me relató, en muchas ocasiones, que la intensa luz de la habitación le
permitió apreciar a la perfección toda la escena de mi nacimiento. Y así fue como pudo
notar que mi cabeza estaba atorada; el tiempo transcurría y, por más esfuerzo que hacía,
no lograba expulsarme. Los segundos se convirtieron en una eternidad, y las alarmas se
encendieron cuando se percataron de que ya no me movía.
Mi madre, con gran preocupación y un gran esfuerzo, con un grito que se
escuchó hasta afuera del lugar, pudo por fin expulsarme de su vientre. Eran las once de
la noche con quince minutos. Yo estaba de color morado y sin respirar por el largo
tiempo que había luchado por sobrevivir.
La enfermera, de inmediato, me tomó en sus brazos para darme reanimación
cardiopulmonar; después de varios intentos logré exhalar mi primer aliento. La
habitación se llenó en un suspiro con un olor a hierro causado por el intenso sangrado
que mi madre tenía debido al desgarre que le ocasionó mi llegada a este mundo; pero
eso no le importó: estaba preocupada por que lograran reanimarme primero. En cuanto
la enfermera me hizo llorar, me colocó en un cunero improvisado con cobijas suaves.
Luego se puso manos a la obra para detener el sangrado de mi madre.
—Es un niño y es un niño hermoso —dijo la enfermera—. Y además de
hermoso, es un niño grande.
La báscula mostraba los cuatro kilos ochocientos gramos de masa con los que
llegué al mundo. Mis ojos, entonces azules, y mi cabello claro dejaban ver una mirada
de miedo. Mi madre me tomó en sus brazos luego de una larga batalla para estabilizar
mis signos vitales y poder al fin respirar. «Eres un niño hermoso, seguro tu padre se
pondrá contento por ser el primer hombre de sus hijos», pensó. Mi padre entró
entusiasmado a la sala del centro de salud para conocer a su primer hijo varón después
de tres mujeres. Me tomó en sus brazos y de inmediato su emoción se desbordó al
exclamar:
—¡Es un niño! ¡Es un niño!
Su educación machista lo hacía añorar el nacimiento de un varón y ahora que lo
tenía en sus brazos se sentía muy feliz.
—Este niño, sin duda, será quien salve nuestro matrimonio —comentó mi madre
a la enfermera—, ya que mi marido ha estado muy ocupado con otra mujer. Su nombre
será Juan José; Juan, por su padre, y José, por su abuelo materno”.
Y así fue como llegué a este mundo con el nombre de Juan José. El cuarto Juan
de mi generación, por mi padre, abuelo paterno y bisabuelo. Y José, por mi abuelo
materno.
Capítulo 2
2. El ataúd blanco
Corrían los meses finales de 1987. Tenía entonces cinco años; aún poseo algunos
recuerdos de ese tiempo. Uno de ellos es un episodio que en aquel momento no alcancé
a dimensionar, pues no sabía qué estaba pasando. Hacía pocas semanas habíamos
recibido con alegría la llegada de un nuevo integrante de la familia, el sexto, al que mis
padres llamarían Antonia, o como yo la conocí, Toñita.
Con tan solo pocas semanas de nacida, era el centro de atención de la casa. Su
pequeño cuerpo y su carita tan diminuta me hacían creer que era de cristal y que en
cualquier momento podría quebrarse, o por lo menos eso pensaba yo. Recuerdo muy
bien sus pequeños ojos negros, sus mejillas rosas y su cabecita con el pelito lacio que
sobresalía de su gorro.
Entre juegos y ajetreos con mis cuatro hermanas, recuerdo haber vivido esa
época con mucha ilusión y poco entendimiento. Sobre todo con mi hermana menor,
quien desde entonces ha sido mi cómplice; jugábamos hasta con las manos:
imaginábamos que eran unos niños que interactuaban entre sí.
Una noche estaba parado a un costado de la cama; jugaba a algunos de los
muchos juegos que me inventaba. Recuerdo que esa vez el colchón de mi cama era la
pista de carreras que había diseñado para mis carritos. De pronto, escuché que la puerta
de la casa se abrió sigilosamente. De inmediato sentí que algo pasaba.
Entró primero mi madre, con el rostro desencajado y hecha un mar de lágrimas.
Detrás de ella venía mi padre con mi hermanita en sus brazos, con la misma expresión
en su rostro. Regresaban a casa después de haberla llevado al médico donde la atendían,
porque —según había escuchado— había nacido con problemas de corazón.
Recuerdo muy bien que estaba puesta la telenovela de moda: Cuna de lobos. La
imagen de Catalina Creel con su famoso parche en el ojo derecho se me quedó grabada.
No recuerdo si alguna de mis hermanas la estaría viendo, pero los diálogos de fondo y la
imagen en la televisión se quedaron en mi memoria.
Solo recuerdo haber escuchado que no había resistido la reanimación
cardiopulmonar que un vecino —que tenía su consultorio médico a la vuelta de la
esquina— le practicó, y que su corazón finalmente se detuvo. Al parecer, la condición
congénita con la que había llegado al mundo —el corazón más grande de lo normal,
según escuché— no fue compatible con la vida, y la muerte terminó por llevarse a mi
hermanita.
Al día siguiente pusieron un pequeño ataúd de color blanco en la entrada de la
casa de mi abuela, donde vivíamos entonces. Mi hermana menor y yo no entendíamos
qué estaba pasando; por qué mi hermana recién nacida tuvo un paso tan breve en
nuestra casa. Yo me sentía desorientado. Veía cómo mis padres y los adultos que
llegaban a la casa estaban tristes y abrazaban con gran fuerza tanto a mi madre como a
mi padre. «¿Qué es eso de que se murió si yo solo veo a mi hermanita dormida, como
solía estar gran parte del día?». Mi mente inocente no alcanzaba a comprender nada;
había muchas preguntas y ninguna respuesta. Solo lágrimas, tristeza y silencio
predominaban en la casa.
Después de esa larga noche en casa, donde solo había gente sentada alrededor
del ataúd blanco (después me dijeron que a los bebés no se les vela, porque según la
tradición religiosa «no tienen pecados»), al día siguiente llevamos a Toñita al panteón
municipal para sepultarla. Hay una foto donde estamos varios niños —entre ellos
primos míos— en la caja de una camioneta Dodge pick-up —también de color blanco,
por cierto— rodeando ese pequeño ataúd para darle el último adiós desde la casa hasta
las cinco cuadras que nos separaban del panteón municipal.
Al llegar al panteón bajaron a mi hermanita y la llevaron hasta la tumba donde,
hasta hoy, yace mi abuelo paterno, el Juanote. Levantaron la tapa inmensa de concreto
que cubría la tumba, y ver el esfuerzo con el que lo hicieron me dejó en claro que era
muy pesada. Tuvieron que barrer las hojas verdes, la tierra y la basura sobre esta, y con
unas cuerdas sostuvieron la pequeña caja blanca para acomodarla en donde descansaría.
Yo seguía sin comprender por qué pasaba todo eso. Lo único que pude hacer fue seguir
las instrucciones que mis padres nos dieron y esperar lo que siguiera.
Hoy que escribo estas letras para narrar ese suceso, lo hago en tu honor,
hermanita. Te veo y te reconozco como la sexta integrante de la familia y te abrazo
donde quiera que estés. Y aunque en el lugar donde vi bajar por última vez tu pequeño
cuerpo no estén indicadas tu fecha de llegada y partida de este mundo, sé que eso no es
necesario para que aquellos que tuvimos la fortuna de que nos eligieras te recordemos
con amor.
¡Qué bellos y grandes maestros son los niños, que solo viven y no se preocupan
por tratar de entenderlo todo! Saben que nada está bajo su control y no se aferran a
forzar algo o a tener la razón. Únicamente viven el momento con ilusión y aprendizaje,
con desinterés y sin preocuparse de qué va a pasar el día de mañana.


